Cracks in the Empire
Nuclear Colonialism and Resistance on Tewa Territory
October 2024 Pojoaque, New Mexico, USAEn octubre de 2024, emprendimos un recorrido por el sureste de Estados Unidos con el objetivo de conocer más de cerca la industria nuclear: desde la minería y el procesamiento de uranio hasta la fabricación de armas y la gestión de residuos. Nos reunimos con personas que resisten a la industria nuclear en tres reservas distintas (pueblo de San Ildefonso, Nación Navajo y Ute Mountain Ute) y aprendimos sobre el legado de la extracción de uranio y la contaminación, la historia del despojo de tierras y el colonialismo nuclear que define la economía de la región, así como las posibilidades de resistencia en el corazón del poder imperial estadounidense. Nuestra esperanza era conocer la industria, entender cómo las comunidades locales plantean las formas de tratar los residuos nucleares a un nivel práctico y aprender y contribuir a desarrollar una perspectiva revolucionaria sobre la cuestión nuclear. También queríamos vincularnos con militantes locales que luchan contra la industria nuclear, amplificar sus voces y ponerlas en relación con personas que libran luchas similares en otras partes del mundo. Nuestro viaje tuvo lugar apenas unos meses después de que la empresa Energy Fuels iniciara operaciones en la mina de uranio de Pinyon Plain, situada en territorio sagrado de los havasu ‘baaja (havasupai), sobre el borde sur del Gran Cañón. Desde ahí, comenzaron a transportar mineral de uranio radiactivo a través del territorio diné (navajo) para su procesamiento en la planta de White Mesa Mill, en el territorio tradicional de los weenuche (Ute Mountain Ute).
En esta entrevista conversamos con Jen Marley, de la comunidad pueblo de San Ildefonso, revolucionaria y organizadora del Total Sovereignty Working Group [Grupo de Trabajo por la Soberanía Total]. La comunidad pueblo de San Ildefonso colinda directamente con el Laboratorio Nacional de Los Álamos (LANL, por sus siglas en inglés), sede del Proyecto Manhattan y lugar donde se desarrollaron las dos bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki. Actualmente, el LANL está inmerso en un esfuerzo masivo por revitalizar todo el arsenal nuclear de Estados Unidos y está construyendo activamente nuevos núcleos de plutonio para ojivas nucleares.
Mientras discutimos aquí sobre el colonialismo nuclear y la resistencia que se genera frente a él, también me interesa mucho conocer mejor el contexto japonés. Conozco la historia imperialista de Japón, pero hace poco comencé a informarme sobre los revolucionarios y sobre lo intensa que ha sido la resistencia, dada la ferocidad con la que el Estado japonés reprimió todo. Siento un respeto profundo por esa gente —los anarquistas, los socialistas—, que se levantó y se opuso a la expansión del imperialismo japonés. Los riesgos que corrieron para hacerlo son una fuente de inspiración, especialmente al saber que eso ocurrió incluso bajo las condiciones más duras.
Lamentablemente, en los últimos años la intensidad del conjunto de oposiciones en Japón se ha debilitado mucho. En los años sesenta y setenta, y también en los años posteriores, la oposición más intensa —que también implicaba cierta construcción comunitaria— se gestó en los barrios marginales de trabajadores jornaleros en las grandes ciudades. Algunas de las personas que viven ahí pertenecen a las clases más bajas de la escala social japonesa, pero también hay personas de poblaciones indígenas, okinawenses, así como coreanos residentes. Todos ellos quedan fuera de la llamada “sociedad civil japonesa”. La oposición fue muy intensa en aquellos años; algunos incluso tomaron las armas, aunque esa corriente no duró mucho. Los propios movimientos de oposición también tienen una historia trágica que llamamos uchigeba, que se refiere a la violencia intersectaria.
Ya no vivo en Japón, así que no puedo decir mucho sobre los radicales japoneses de hoy. Algo muy alentador es lo que está ocurriendo en cuanto a la reconexión entre compañeros de Asia oriental (China, Corea, Hong Kong…). Algunos compañeros en Tokio tienen la intención de ofrecer un espacio para quienes no pueden expresar sus opiniones en sus propios países. La represión en la China continental es especialmente brutal, de modo que no pueden expresar allá sus posiciones políticas, y algunos tienen muchas dificultades para vivir en ese contexto. Tokio está intentando convertirse en un centro de operaciones para la solidaridad de Asia oriental. Históricamente, desde finales del siglo XIX hasta inicios del XX, Tokio fue un espacio para los movimientos de independencia; allá se organizaron los países de la región que luchaban contra el colonialismo. Tal vez Tokio pueda volver a ofrecer ese tipo de plataforma.
Suena impresionante. Cuando estaba en The Red Nation [La Nación Roja], nos definíamos explícitamente como internacionalistas. Nuestro sentido del nacionalismo no es el tipo de nacionalismo o patriotismo del Estado-nación estadounidense o japonés. Creemos que la única forma de fortalecer nuestra autonomía y nuestra soberanía es vincularnos con otros pueblos indígenas y con otros pueblos colonizados en todo el mundo para construir una potencia desde ese frente. No podremos ser libres hasta que todos lo seamos. Nuestras naciones no pueden existir como naciones autónomas hasta que Palestina sea libre, hasta que todos sean libres. Por eso nos llamamos internacionalistas.
Nos inspira especialmente el plurinacionalismo tal como se desarrolló en América del Sur, en particular en Bolivia. Bolivia nos inspira mucho porque, al igual que Nuevo México, fue sometida a la colonización española y a una violenta extracción de recursos. Además, tiene una población mayoritariamente indígena que abarca muchas comunidades distintas. Cuando esos pueblos indígenas tomaron el poder, representaron una enorme amenaza para los intereses y el imperialismo de Estados Unidos. Lo notable es la forma en que lo hicieron: son socialistas, un movimiento hacia el socialismo, pero recurre a un modelo político específico basado en valores indígenas fundamentales y en creencias tradicionales, lo que lo vuelve absolutamente único. Apreciamos profundamente su proyecto y lo vemos como un modelo para lo que queremos construir aquí. Por ejemplo, los médicos tradicionales tienen el mismo estatus que los de la medicina occidental, y existe una forma de incorporar a las personas con saberes tradicionales en la sociedad sin comprometer ni explotar esos conocimientos, sino reconociéndolos. Eso es algo que no vemos en absoluto en el norte global.
Entonces, el plurinacionalismo es, más concretamente, lo que buscamos construir. Nuestra visión es que todas estas naciones indígenas y todos los pueblos colonizados en lo que nosotros llamamos la Isla Tortuga puedan tener ese tipo de autonomía y autodeterminación, sin que su destino sea moldeado por Estados Unidos. Y algo que debo decir a título personal, especialmente cuando hablo de acciones antinucleares, es que no me considero estadounidense. Estados Unidos es mi ocupante, es una potencia que ocupa el territorio de mi comunidad.
Siempre estoy pensando en términos geográficos. Hace un par de años visité Oahu, en Hawái, y fui al Museo Conmemorativo de Pearl Harbor. Durante toda la visita no paré de pensar en el Museo de Ciencia Bradbury de Los Álamos, porque la propaganda es la misma. Lo primero que se ve al entrar es un enorme mapa en el suelo: comienza en Los Álamos y termina en Japón. Ése es el alcance del mapa: todo el Pacífico. Lo admiten sin rodeos, como si dijeran: “Ésta es la geografía del Proyecto Manhattan y del nacimiento del colonialismo nuclear: Nuevo México, Hawái, el Pacífico, Japón”. Fue impactante, porque los imperialistas entienden el alcance de todo esto, y creo que nosotros también necesitamos entenderlo. Fue muy potente, aunque de una manera desoladora.
Entonces, ¿mantienen una relación de solidaridad con el pueblo de Oahu?
Sí. Los Oahu Water Protectors [Protectores del Agua de Oahu] nos invitaron a ayudarlos a organizarse. Yo nunca habría ido allá sin una invitación. Nos convocaron para trabajar con ellos en el caso del derrame de combustible de Red Hill. ¿Lo conocen? En Oahu hay un sitio llamado Red Hill. Es una de las bases militares más antiguas, construida al inicio de la Segunda Guerra Mundial. Hay un silo masivo que contiene combustible para aviones. Lo llaman “la gasolinera de Estados Unidos camino a Asia”. Ese silo ha tenido fugas continuas desde los años treinta. Ha habido activismo al respecto durante años, pero el tema cobró mucha atención en 2018, cuando un trabajador filtró imágenes del derrame real y de su gravedad. Entonces, el pueblo indígena, los kānaka ʻōiwi, comenzó a organizarse junto con las familias de la base militar para decirles: “Oigan, eso está dañando a nuestras familias y a nuestra tierra, pero en realidad los está afectando a ustedes primero; así que deberían preocuparse por la calidad del agua que sus hijos toman y con la que se bañan”. A partir de eso formaron la coalición Oahu Water Protectors. Por supuesto, el nombre “protectores del agua” es una referencia directa a lo sucedido en Standing Rock.
Así que llamaron a The Red Nation, porque algunos investigadores de la Universidad de Hawái habían realizado estudios pioneros sobre los impactos de la filtración de combustible en el agua subterránea y en la calidad del aire. Había niños de la base con erupciones en la piel y personas con enfermedades graves. Pero la universidad les impidió publicar los resultados. Mientras estuvimos allá, lanzamos una campaña rápida y amplia para presionarlos a que liberaran esos estudios. Produjimos videos, contenido, hablamos con gente. Estábamos todos en la isla y, en cuestión de pocos días, logramos que se publicara el estudio. Fue una victoria enorme.
Nos llevaron a zonas de pruebas de misiles que aún tienen explosivos activos bajo tierra. Acabo de ver que hace unos días explotó un artefacto de la Segunda Guerra Mundial en Japón: ¡una mina terrestre estadounidense detonó en un aeropuerto! Algo la detonó.1
¡Ah, no lo sabía!
Ocurrió hace unos días. Cancelaron vuelos, pero no hubo heridos. Fue una explosión enorme. Me pareció irónico porque, cuando estuve en Hawái, nos contaron que hay tantos artefactos sin detonar que el lugar es literalmente una reserva: un territorio que Estados Unidos consideró inhabitable. Era un sitio sagrado, un lugar de oración para los kānaka ʻōiwi, con santuarios y altares. Ellos necesitan ir ahí para practicar su espiritualidad, pero no pueden hacerlo sin ser escoltados por personal del Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos, porque hay demasiados artefactos sin detonar. Ha habido múltiples casos de niños que murieron porque encontraron una granada mientras jugaban en los cerros. Fue muy impactante aprender cómo un lugar como Oahu ha sido también un laboratorio, un sitio de pruebas, completamente militarizado.
Después de visitar Oahu, entendí que esa lista fue en realidad el primer escenario del Proyecto Manhattan. Porque ahí desarrollaron las tácticas que luego trasladaron aquí, cuando comenzaron a construir la bomba atómica en Los Álamos. Tras el bombardeo japonés de Pearl Harbor, sobornaron a líderes espirituales para que repitieran la propaganda estadounidense ante sus propios pueblos, con explicaciones sobre por qué necesitaban bases militares ahí. Crearon ese temor en torno a la “seguridad nacional” y empezaron a construir la militarización de forma conjunta con la industria turística. Eso es muy evidente aquí también. Entonces pensé: “Wow, ahí fue donde desarrollaron esas estrategias que después vinieron a implantar a nuestro territorio”. En Oahu empezaron a entrelazar la espiritualidad indígena con los proyectos militares, que es exactamente lo que hacen aquí. Los cimientos que sentaron allá fueron los que tomaron y proyectaron sobre nosotros.
Fue una experiencia que me cambió la vida y me ayudó a entender no sólo el alcance del Proyecto Manhattan, sino también el alcance de la resistencia. Porque el pueblo kānaka ʻōiwi realmente resiste. Mantienen una fuerte continuidad cultural y conocen profundamente su territorio. Aún reconocen sus sitios sagrados anteriores a la colonización. Eso es fundamental.
Pero también sostengo que nosotros, la comunidad pueblo de San Ildefonso, los teguas, estamos vinculados con las personas que son víctimas de cada una de las atrocidades que comete Estados Unidos. Estamos en el centro de cada instancia del imperialismo estadounidense, porque Los Álamos no sólo está en nuestro territorio, sino literalmente sobre nuestros sitios sagrados.
¿Vieron la película Oppenheimer? Hicimos un pódcast al respecto. Oppenheimer tenía familiares que descendían de dueños de haciendas y ranchos en Los Álamos, españoles ricos que nos desplazaron por la fuerza. Es muy irónico, porque todas esas familias españolas que antes tuvieron mucho poder, en cuanto llegaron los estadounidenses, lo perdieron todo; quedaron tan empobrecidas como el resto de nosotros. Como Oppenheimer tenía parientes con tierras aquí, él fue quien propuso este lugar como sede del Proyecto Manhattan. Era lo bastante remoto para mantener el secreto, en pleno desierto, pero con acceso a lugares como Santa Fe. Y, por supuesto, contaban con la conveniente mano de obra formada por los indígenas y los hispanos de la zona, que todavía vivían de la tierra. Aún teníamos economías de subsistencia. Nuestras economías de subsistencia no fueron interrumpidas hasta que llegó la colonización estadounidense y, de manera muy específica, el Proyecto Manhattan. Hasta entonces, todavía dependíamos de nuestros cotos de caza y de nuestros campos. Así nos sostuvimos hasta los años cuarenta; seguíamos usando caballos y mulas. Estábamos en una situación bastante singular en comparación con otros pueblos y comunidades en Estados Unidos, que ya habían sido forzadas a vender sus recursos o a adoptar otra economía. Aquí aún teníamos una economía antiquísima en sentido pleno. Incluso mi abuela —no sólo mi bisabuela— vivió así. Vivían de la tierra, de las siembras. Ella vendía su cerámica por más o menos cinco centavos. Es un recuerdo muy, muy reciente; ni siquiera han pasado tres generaciones. Muchas de las personas que fueron las primeras trabajadoras de los laboratorios de Los Álamos todavía están vivas.
Construyeron los laboratorios cerca de un lugar llamado White Rock. Al principio eran instalaciones exclusivamente dedicadas a la fabricación de armas. No eran experimentales. Bueno, sí lo eran en el sentido de que estaban desarrollando la bomba, pero eso era todo lo que hacían ahí: producir armamento. Hoy se dedican a otras actividades, como la investigación energética. Así, establecieron aquí sus primeras instalaciones de desarrollo de armas nucleares; una de ellas llamada Reactor Tewa, lo cual es profundamente ofensivo. Los primeros desechos nucleares que se generaron en la historia se vertieron aquí. Si conocen el Cañón del Chaco o Mesa Verde, saben cómo son esos lugares.2 Nosotros teníamos muchas estructuras de ese tipo: espacios y construcciones muy vastas. Los primeros residuos nucleares producidos por los laboratorios comenzaron a verterse directamente en las kivas,3 porque estaban bajo tierra. Pensaron: “Oh, miren estos huecos tan convenientes, pongamos aquí los residuos”. En ese momento no había normas para evaluar el impacto de esos desechos, ni siquiera para entender qué eran, cómo funcionaban o qué daño podían causar. Todo eso fue completamente desestimado. La prioridad era fabricar armas. Dado que esas kivas no tienen ningún tipo de revestimiento, los residuos se han estado filtrando hacia nuestros acuíferos desde que los depositaron ahí. En el Monumento Nacional Bandelier, dos tercios del área están cerrados al público debido a la contaminación nuclear. El otro tercio está abierto al turismo. Así que, cuando se visita ese lugar, hay que ser consciente de que uno se expone a radiación. La radiación no reconoce fronteras artificiales.
Recientemente comenzaron a escoltar a miembros de las comunidades hacia los sitios que han permanecido cerrados. Algunas de mis tías fueron hace poco y decían que hay como ochocientas estructuras que ni siquiera sabíamos que existían, porque no se nos había permitido el acceso. No se puede permanecer mucho tiempo ahí porque uno se expone a la radiación. Pero están empezando a dejarnos entrar, lo cual es interesante. Donde vertieron esos residuos es en nuestros antiguos hogares, que abandonamos hace apenas ochocientos años. Sólo llevábamos en nuestras casas actuales unos trecientos años antes de la llegada de los españoles. Esa historia está muy bien recordada y documentada en las historias orales.
Además de verter esos residuos, también construyeron las principales instalaciones del laboratorio en el lugar que consideramos nuestro lugar de emergencia. Ahí había múltiples santuarios que marcaban nuestra aparición en este mundo. Para nosotros, eso es lo más sacrílego que puede haber. Es el sitio de nuestra emergencia a este mundo, donde creemos que surgimos de la tierra. Tenemos historias de migración que relatan dónde vivíamos antes. Sabemos que provenimos de Mesa Verde; al menos la comunidad pueblo de San Ildefonso, y la mayoría de los teguas. Las comunidades pueblo del sur vienen del Cañón del Chaco.
Hay sitios sagrados a los que simplemente no podemos acceder. Hay relatos de ancianos que intentaron entrar a esos sitios y les apuntaron con armas. Múltiples historias de ancianos que iban a cazar y eran encañonados, sin entender siquiera qué estaba ocurriendo. También hay relatos de ancianos que desconocían la extensión de las instalaciones, que quedaron impactados al darse cuenta de cuánto se adentraban en nuestros cotos de caza. Una de nuestras montañas está completamente hueca por dentro. Hay más infraestructura bajo tierra que sobre la superficie. Tienen reactores, tienen un colisionador de hadrones, tienen todo tipo de instalaciones. Así que una de nuestras montañas está totalmente ahuecada para dar cabida a todas esas infraestructuras subterráneas. Creo que intentaron almacenar parte de los residuos en el propio sitio cuando hubo un poco más de conocimiento al respecto, por ahí de los años sesenta y setenta. En ese momento decidieron que lo mejor era intentar almacenar en el propio sitio los residuos que se producían. Ya existían las regulaciones de la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés). Aun así, toda la infraestructura se encuentra en el corazón de nuestros lugares más sagrados, de nuestra tierra natal. Es devastador. Y todo eso se suma a la represión económica y política con la que todavía lidiamos hoy.
Siempre hablo con la gente sobre la dimensión de clase y sobre cómo transformó por completo nuestra sociedad y nuestra economía. Hay un buen libro de Joseph Masco titulado The Nuclear Borderlands [Las fronteras nucleares]. Él usa el término “economía del plutonio” para describir el nuevo sistema que se implantó en esta región con la llegada del Laboratorio Nacional de Los Álamos (LANL, por sus siglas en inglés). Para casi todo nuestro pueblo —todos los habitantes de las comunidades pueblo de aquí—, una vez que nos arrebataron los cotos de caza, comenzaron a parcelar nuestras tierras de cultivo y nos obligaron a someternos al régimen de propiedad privada; antes de eso, toda esta tierra era de uso comunal y trabajábamos colectivamente todos los campos. Nos obligaron a aceptar parcelas asignadas por familia. Así redujeron drásticamente nuestras tierras de cultivo y nuestro acceso a ellas, lo que mermó nuestra capacidad de atender los campos de forma comunitaria. Yo argumento que esto fue deliberado, como una forma de forzarnos al trabajo asalariado en los laboratorios.
Al mismo tiempo, impusieron la idea de la propiedad privada de la tierra.
Sí. La propiedad privada y la economía salarial.
Porque ustedes no tenían la idea de que la Tierra pudiera ser propiedad de alguien, ¿no? A final de cuentas, ésa es la mayor de las mentiras.
Exacto. Y, por supuesto, ya habíamos lidiado antes con las mercedes de tierras españolas y el intento de despojarnos el territorio. Estábamos familiarizados con eso. Pero, en los siglos que siguieron a esa imposición, habíamos encontrado la manera de reconstruir ese tipo de vínculo comunal. Cuando todos los descendientes de los hispanos se empobrecieron mucho —por ejemplo, la familia de Myrriah4—, empezamos a trabajar juntos. De hecho, hubo momentos en los que nos unimos para expulsar al Estado mexicano, a los ricos hacendados y a los estadounidenses. Hubo muchas rebeliones antes y después de la revuelta de los indígenas pueblo de 1680. Y siempre se articularon sobre una base de clase. Porque la tierra es nuestra subsistencia; al ser nuestro sustento colectivo, por ella luchamos colectivamente.
Así, la economía salarial y la propiedad privada se introdujeron prácticamente al mismo tiempo. Comenzamos a trabajar casi exclusivamente como personal de mantenimiento y trabajadoras domésticas para el LANL. Los hombres son los obreros de la construcción que levantan las instalaciones y hacen todo el mantenimiento; hasta el día de hoy sigue siendo así. Las mujeres son todas trabajadoras domésticas, niñeras, empleadas de limpieza. Mi bisabuela, la madre de mi abuelo, fue trabajadora doméstica en el laboratorio. Ella y la mayoría de las mujeres y jóvenes de su generación se dedicaban a eso. Por esa razón, quedó completamente desvinculada de su propia familia. Sus hijos —mi abuelo y sus hermanos— crecieron con una relación muy deteriorada con su madre. Por eso sostengo que el LANL desarticuló por completo nuestra estructura de parentesco: literalmente separó a las madres de sus hijos. Tuvimos a toda una generación criada en un nuevo tipo de pobreza, ya que sobrevivían de paga en paga. Es una situación en la que ni siquiera podíamos llevar adelante nuestra vida cotidiana comunal, porque ahora todos estaban trabajando en el laboratorio. Esto trastoca la vida cultural, nuestra sociedad y las estructuras de parentesco. Mi tía aún habla mucho de cómo ese trabajo afectó a nuestras familias. Tenemos problemas de adicciones, alcoholismo y mucha violencia doméstica, la cual creo que tiene sus raíces en el catolicismo. Basta ver cómo se desarrollan los feminicidios en naciones que se recuperan del colonialismo español y la forma en que se afianza la cultura del machismo. Eso es parte del problema, pero también lo es la desintegración de las familias con la llegada del LANL.
Además, mucha gente empezó a enfermarse. El condado de Río Arriba es el lugar de Estados Unidos con la mayor variedad de tipos de cáncer en una población tan pequeña. Muchísimas personas mueren por distintos tipos de cáncer. Los hombres traen a casa herramientas del laboratorio que, según las normas actuales, son residuos radiactivos. Mi hermana tiene un amigo muy joven, de apenas veintiún años, que trabajó en el laboratorio como personal de mantenimiento durante una buena parte de su vida, y él me contó que les ordenaban dejar sus herramientas en el sitio donde trabajaban, porque esos lugares están tan irradiados que tienen que abandonarlas ahí cada vez.
Pero se considera aceptable que los trabajadores vayan a trabajar ahí.
Para el LANL, son completamente desechables. Hay hombres teguas que han hecho ahí toda su carrera. Y ahora tienen algo así como sindicatos ficticios —no sé bien cómo llamarlos—, sindicatos representados por el propio laboratorio. Esto es resultado de las huelgas en sentido pleno que en su momento encabezaron hombres teguas para mejorar sus condiciones laborales. Pero las aplastaron por completo y hoy están borradas de la historia. Es muy difícil encontrar documentación al respecto; hay que escarbar en los archivos
¿Cuándo ocurrieron esas huelgas?
Creo que fue en los años cuarenta, porque la Segunda Guerra Mundial estaba en pleno auge. Por eso las reprimieron y las aplastaron con tanta dureza: no podían permitirse que la fabricación de armamento se detuviera bajo ninguna circunstancia. Hubo incluso un momento en que dependían tan específicamente de la mano de obra de San Ildefonso que tuvieron que cerrar los laboratorios el día de nuestra fiesta patronal porque no había nadie para trabajar. Dependían enteramente de nosotros, sobre todo durante el Proyecto Manhattan. Completamente.
Hasta hoy, mi comunidad pueblo y la de Santa Clara tienen contratos de empleo con el laboratorio. Los laboratorios garantizan puestos de mantenimiento y posiciones de bajo nivel de seguridad. Dicen que nuestra contratación será prioritaria. Para mí, eso revela cierto temor de su parte, porque saben que si nosotros, precisamente nosotros, resistiéramos abiertamente y construyéramos un movimiento para abolir y cerrar el laboratorio, sería mucho más potente de lo que incluso nosotros mismos imaginamos. Ellos conocen nuestro poder, así que nosotros también deberíamos conocerlo.
En cuestiones nucleares, nunca se trata sólo de un problema indígena. Nos afecta a todos y a todo. Lo nuclear no conoce fronteras. Afecta a todo lo que hay en la tierra. Nadie está a salvo. Mi amiga Tina Cordova, de los Tularosa Downwinders [Habitantes a Favor del Viento de Tularosa], siempre comienza sus charlas diciendo: “En Nuevo México, todos somos downwinders [afectados por la lluvia radiactiva]”. No somos sólo nosotros los que estuvimos expuestos directamente a la prueba Trinity. Ha habido tantas pruebas aquí, tanta infraestructura nuclear, que es imposible que alguien que viva aquí no se vea afectado. No importa qué tan rico seas, ni qué tan aislado creas estar en el condado de Los Álamos o en las colinas de Santa Fe. Te afecta de todas formas.
Por aquí, las personas más ricas ni siquiera son ultraconservadoras. Son liberales bien intencionados, pequeña burguesía o directamente burguesía. Hay celebridades que viven en las colinas de Santa Fe; algunos de los físicos nucleares más renombrados del mundo viven ahí. Y siempre están minimizando los efectos, hasta que algo los amenaza directamente. La llamada Santa Fe Relief Route es una carretera alterna que existe únicamente porque, cuando se abrió la Planta Piloto para el Aislamiento de Residuos (WIPP, por sus siglas en inglés) en el sur de Nuevo México —donde llevan los residuos nucleares hasta unas cavernas de sal—, los ricos de Santa Fe dijeron: “De ninguna manera vamos a tolerar que esos camiones cargados de residuos radiactivos atraviesen la ciudad”.5 ¡Y ahí sí todos esos liberales acomodados supieron cómo pelear! Lucharon y lucharon hasta que consiguieron que se construyera esa ruta alterna para que los camiones rodearan la ciudad.
A esa gente la llaman NIMBY, ¿no? Not in my backyard, “no en mi patio trasero”: mientras no me afecte a mí, está bien.
¿Y cuáles son las comunidades por las que pasa entonces esa ruta alterna de los camiones?
Sigue afectando a la gente de Santa Fe, pero atraviesa las zonas pobres, principalmente las de población mexicana. Por donde pasa esa ruta de alivio, al sur de Santa Fe, hay muchas comunidades pobres que probablemente ni siquiera están siendo informadas.
¿Puedo hacerte una pregunta? Tiene que ver con dos aspectos de la exposición a la radiación. Uno se relaciona con la experiencia japonesa de Hiroshima, Nagasaki y Fukushima. Es muy difícil demostrar la exposición interna causada por ingerir o inhalar material radiactivo, a diferencia de la exposición externa. Por eso, en muchos casos en Japón, cuando se inicia una batalla legal, resulta muy complicado probar la responsabilidad del gobierno o de la compañía eléctrica. Ése es un aspecto. Pero otro es que, después de Fukushima, surgieron prácticas populares para protegerse contra los efectos de la radiación, como el monitoreo civil. También existen prácticas para cuidar el cuerpo ya expuesto, como fortalecer el sistema inmunológico y demás. Me interesa saber sobre estos dos aspectos en tu experiencia: la cuestión de la salud y la lucha legal. Especialmente si existen prácticas tradicionales para proteger el cuerpo de la radiación.
Es increíblemente difícil rastrear o demostrar los efectos de la radiación en el cuerpo. De hecho, iba a preguntarles si parte de esto es la razón por la que el movimiento de mujeres se fortaleció tanto después de Fukushima. Una de las formas de observar los efectos de la radiación es a través de la fertilidad y del desarrollo de los fetos. Esto se debe a que la radiactividad destruye el ARN, por lo que usualmente los efectos visibles no se manifiestan hasta generaciones después, cuando se transmiten. De hecho, apenas han pasado setenta u ochenta años desde que se generaron los primeros residuos nucleares y desde que fuimos expuestos por primera vez. Muchos científicos especulan que no veremos los impactos reales hasta cinco o siete generaciones más adelante. Por eso creo que hay un impulso importante por centrarse específicamente en la salud de las mujeres, en la fertilidad y en el desarrollo de los bebés, porque ahí los efectos son más evidentes y adquieren mayor validez ante los ojos de los médicos.
Otro ejemplo proviene de las Colinas Negras, en Dakota del Sur, donde se encuentra el “monte Rushmore”, que también es un sitio sagrado.6 Las Colinas Negras son sagradas para el pueblo lakota, y ahí es donde comenzaron algunas de las primeras extracciones de uranio. Como resultado, las lakotas sufrían abortos espontáneos de manera constante y los bebés nacían con malformaciones con una frecuencia innegable. Algo similar a lo que ocurre en las Islas Marshall, si conocen los casos de defectos de nacimiento allá. Pero el gobierno no lo tomaba en serio. Contamos con los Indian Health Services [Servicios de Salud Indígena], que en la práctica equivalen a un sistema de salud del tercer mundo. Las lakotas intentaron apelar a agencias federales, pidiendo que se realizaran estudios para entender qué estaba ocurriendo. El gobierno se negó. Finalmente, las propias mujeres tomaron el asunto en sus propias manos y formaron Women of All Red Nations [Mujeres de Todas las Naciones Rojas], algo así como la rama femenina del American Indian Movement [Movimiento Indígena Estadounidense]. Su primera gran campaña fue hacerse cargo ellas mismas de la realización de pruebas médicas, para aportar evidencia y estadísticas sobre cómo la minería de uranio estaba afectando su fertilidad y la salud de la comunidad.
Así que aquí ocurre algo similar: hay un énfasis creciente en la salud reproductiva y de la infancia porque ahí los efectos son más visibles. Mi amiga Beata suele decir que cuando una persona se expone a radiación, automáticamente están siendo afectadas las tres generaciones siguientes. Por ejemplo, si una mujer embarazada se expone a la radiación y el bebé que lleva ya contiene los óvulos que darán lugar a sus futuros hijos, una sola exposición de una sola persona está afectando a la abuela, a la hija y a la nieta. Pero lo que sabemos hoy sobre la naturaleza de la radiactividad indica que sus efectos no se manifestarán plenamente hasta dentro de varias generaciones más adelante, y que producirán alteraciones en nuestra estructura genética. ¡Esto es muy perturbador! Ni siquiera conocemos los impactos totales del colonialismo nuclear. No ha existido el tiempo suficiente como para saber realmente qué va a provocar.
Entonces es definitivamente aterrador. Ha habido esfuerzos menores por parte de las comunidades pueblo para advertir a la gente sobre los impactos. Por ejemplo, la comunidad pueblo de Santa Clara elaboró una pequeña infografía para su gente donde se explica cuánta carne de venado o de alce puede consumirse de forma segura al año antes de que perjudique la salud. Toda nuestra fauna está irradiada. La cacería, además, forma parte de la vida ceremonial. Hay situaciones en las que debemos cazar y consumir esa carne. Aunque hoy es imposible sustentarnos plenamente de la caza, existen ahora estas infografías. Y circulan historias como: “A tal tía le encantaba la carne de venado y se murió de cáncer”. Es una historia tristemente común por aquí.
Lo mismo ocurre con las historias de abortos espontáneos. Sé que son algo común en general, pero la frecuencia con la que ocurren aquí es absolutamente anómala. Es algo de lo que casi cualquier mujer aquí puede hablar desde su experiencia directa, desde su propio cuerpo y desde lo que ha visto en su familia. Ése es un punto en el que insisto mucho cuando hablo con mi pueblo sobre esto: “Esto no debería pasar: no es normal que todas hayamos pasado por un aborto espontáneo”. No es natural.
Por eso el trabajo antinuclear aquí está fuertemente encabezado por mujeres. Está directamente vinculado con la justicia reproductiva en términos generales. Mi amiga Beata Tsosie-Peña es la fundadora de un lugar llamado Breath of My Heart Birthplace [Lugar Donde Nació el Aliento de mi Corazón]. Es el primer centro de atención al parto con enfoque indígena en la región, como alternativa al sistema de los Indian Health Services o a los servicios de salud general. Integra nuestros conocimientos sobre las prácticas de parto y de cuidado, lo cual es un gran logro. Es hermoso que algo así haya surgido del activismo antinuclear de aquí; volver a algo tan sencillo como tener hijos sanos.
Eso es lo esencial.
Y es profundamente existencial. Porque genera mucha ansiedad y miedo. Es difícil siquiera asumir mentalmente algo como los residuos nucleares y una radiactividad que nunca va a desaparecer, que sobrevivirá incluso a la existencia humana. A la gente le cuesta asimilarlo. Por eso creo que lo que vemos aquí, cuando el pueblo tegua enfrenta el hecho de haber sido los primeros expuestos a este tipo de mal, a este monstruo eterno, tienden a refugiarse en la espiritualidad y en prácticas como la formación de familia. Porque el alcance del problema es abrumador.
Sin embargo, espero que junto con eso podamos construir un frente político y activista fuerte. Lo que realmente ha contenido ese impulso en años recientes han sido las organizaciones sin fines de lucro. Aparecen ONG antinucleares que se presentan como “los buenos”, pero en realidad canalizan y neutralizan las formas más contundentes de acción directa y sofocan el impulso político que surge de las tribus. The Red Nation ha enfrentado mucho esto, con críticas como: “¿Por qué son tan violentos? Hay alternativas menos violentas”. Pero las ONG logran que nos quedemos impotentes.
Las tribus tienen mucho miedo de enfrentarse a este monstruo nuclear, lo cual es comprensible porque constituye el núcleo del imperialismo estadounidense. Es su corazón. Es lo último a lo que Estados Unidos va a renunciar. Yo creo que el Imperio estadounidense se está desmoronando. Y resulta inquietante pensar que este corazón nuclear será probablemente la línea de frente de la batalla final: es lo último que van a soltar. Representa el bastión del poder estadounidense en el mundo. La única razón por la que otros países tienen armas nucleares es porque Estados Unidos las tiene.
Exacto. La lógica es la seguridad. Y, por supuesto, otros Estados también están jodidos, pero Estados Unidos es el que intenta monopolizar la violencia nuclear. Es el primer Estado terrorista.
Estados Unidos es el único que nunca ha firmado los tratados de no uso de armas nucleares. China los firma, Rusia los firma, Corea del Norte los firma. ¡Pero Estados Unidos no! Es la única potencia mundial que no ha firmado ninguno, porque quieren dejar en claro que tienen el monopolio sobre la violencia nuclear. Por eso creo que nuestras tierras y nuestros sitios sagrados serán el escenario de la batalla final contra la ocupación estadounidense. Y, en realidad, esas armas nucleares están hechas de nosotros: de nuestra mano de obra, de nuestra sangre, sudor y lágrimas. A final de cuentas, lo que quiero es un mundo donde no haya armas nucleares, pero creo que puede llegar un momento histórico en el que seamos nosotros quienes tengamos que apropiarnos de ese poder, para asegurarnos de librar al mundo de él. Y ése será un momento muy intenso. Porque nadie quiere tener armas nucleares, ¿verdad? Ni siquiera esos países que Estados Unidos se empeña tanto en demonizar. No serán ellos quienes las utilicen primero. ¡Nadie quiere eso!
Y Estados Unidos es el único país que realmente las ha usado. Contra personas reales. De verdad las usaron.
¡Y por puro capricho! Fue algo tan innecesario. Esa demostración de poder —y, en realidad, de cobardía— ante el mundo lo dice todo. Y para traer esto al presente: los funcionarios del laboratorio dicen ahora que están entrando en un “Proyecto Manhattan 2”. Ése es el lenguaje que están usando. Dicen que necesitamos volver a producir ojivas nucleares en serie. Y es debido al clima político global. Estados Unidos está perdiendo poder y estatus ante los ojos del mundo; está perdiendo su lugar en el escenario global. ¿Y cuál es su respuesta? ¡Fabricar más bombas! Si eso no es la máxima muestra de cobardía, no sé qué lo sea. Cuando pierdes respeto en el escenario mundial porque estás financiando genocidios y los perpetúas por todo el mundo, ¿tu respuesta es fabricar más máquinas de muerte? Eso marca realmente el fin del Imperio. Eso es lo que está ocurriendo ahora mismo: se han volcado a la producción de armas.
Quizá vieron los carteles de publicado de camino hacia acá. Al entrar a Pojoaque, y por toda esta zona, hay espectaculares instando a la gente a solicitar empleo en los laboratorios. El LANL les paga la escuela a los miembros de las tribus si se orientan hacia las áreas CTIM y si aceptan trabajar en la producción de armas nucleares. Siempre están sobornando a las tribus; les regalan computadoras a los niños… es un bombardeo constante.
Y por aquí hay una pobreza tan extrema que la gente sí acepta los sobornos. Se van a trabajar a los laboratorios porque es la única opción que tienen. Además están el narcotráfico y el comercio sexual. Es realmente horroroso lo que sucede en toda esta región del norte de Nuevo México. A la ciudad de Española la llaman “la capital mundial de la heroína”. Perdí a cuatro familiares por sobredosis de fentanilo en los últimos dos años. La epidemia de fentanilo está devastando toda esta zona. La desesperación se intensifica a la par de la producción de armas nucleares. ¡Una vez más!
También me interesa analizar la correlación entre el LANL y la explotación sexual aquí. Se habla mucho de las “Mujeres Indígenas Desaparecidas y Asesinadas”, ¿verdad? Pero evitamos hablar de los orígenes del comercio sexual en nuestras tierras, y el LANL es sin duda uno de los factores que lo agravaron aquí. A lo largo de la historia, el norte de Nuevo México fue el sitio del mayor comercio de esclavos, pero más específicamente de trata sexual. Si leen La otra esclavitud, de Andrés Reséndez, es un muy buen libro para hacerse una idea de la historia de esta región. Esto se vincula mucho con mi propia investigación. Aquí hubo esclavitud en sentido estricto, pero con el tiempo, mientras el Imperio español intentaba proteger sus fronteras de los ingleses y los franceses, crearon “comunidades de amortiguamiento” conocidas como genízaros. Ese término proviene de la palabra “jenízaro”.7 Lo que ocurría era que capturaban a mujeres indígenas de distintos pueblos —indígenas pueblo, navajos, utes, comanches, apaches— y las traficaban. Si alguien llevaba a un hombre al estrado de la subasta, lo ejecutaban en el acto. Sólo querían a las mujeres porque las utilizaban como incubadoras para producir esa fuerza de amortiguamiento. Utilizaban los cuerpos de las mujeres indígenas para engendrar a los hijos que conformarían esas comunidades de amortiguamiento, que básicamente estaban destinadas a absorber el primer impacto de cualquier imperio invasor, como el inglés o el francés. Eran comunidades desechables, pensadas como escudos humanos. La trata masiva y la violación de mujeres indígenas fueron lo que creó estas poblaciones. Así que literalmente la economía de cada pequeño pueblo del norte de Nuevo México se construyó sobre el comercio sexual. Hoy en día es bastante evidente con el comercio sexual y el narcotráfico. Y cuando llegó el LANL, todas estas mujeres y niñas iban a realizar trabajo doméstico. Apenas unos años después de que el LANL comenzara, algunas comunidades pueblo incluso empezaron a discutir la necesidad de reducir sus requisitos de “cuantía de sangre” para el registro tribal, porque de repente había muchísimas mujeres de la tribu teniendo hijos de estos hombres blancos del laboratorio. Principalmente a través de violencia sexual, de violaciones. Esto ocurrió de manera masiva, con todas estas mujeres y todos estos niños, al punto de que se vieron obligados a reducir la cuantía de sangre para ajustarse a la magnitud del fenómeno. Y eso es algo que se mantiene muy encubierto. Es una conversación realmente difícil de tener para nosotros.
Repito: la colonización católica y la cultura del machismo y de la violencia sexual son temas muy difíciles de abordar para nosotros, aunque están tan presentes en nuestras vidas. Y no sólo en el caso de las mujeres. Quizás hayan oído hablar de la vasta red de sacerdotes pederastas que se concentraban principalmente en lugares como éste, como Jémez Springs. Los hombres también cargan con un profundo trauma por violencia sexual que sigue impactando profundamente a nuestro pueblo. Ésa es una parte enorme de lo que fracturó nuestra sociedad y nuestra cultura. Es profundamente desempoderante y hace que no hablemos de ello. Pero es algo que siempre procuro recordar a las personas, porque está muy encubierto. Hay muy poca documentación. Nosotros mismos lo encubrimos. Ha sido difícil.
Poco a poco, esto empieza a cambiar, sobre todo entre las generaciones más jóvenes. Quienes son más jóvenes que yo son increíblemente valientes y les tengo un enorme respeto. Hace apenas diez años, a mí me consideraban demasiado transgresora o exagerada por hablar de estas cosas, pero ahora veo a personas más jóvenes que por fin se sienten más cómodas hablando de ello y estableciendo todas estas conexiones. Eso me alegra mucho, porque ya ha pasado demasiado tiempo.
Hoy en día, muchos de mis amigos y compañeros de las comunidades pueblo cercanas están reorientando sus ideas sobre lo que quieren hacer con sus vidas hacia el ámbito de la salud, para responder directamente a estas cuestiones. Me parece que el giro que están tomando es muy potente e interesante. Quieren ser capaces de proveer su propia atención médica, realizar sus propios estudios en profundidad y establecer la conexión entre nuestros cuerpos y la manera en que la colonización nos ha impactado.
Realmente creo que contar con algo como servicios de salud básicos y con acceso a la rehabilitación será el punto de partida, también por lo grave que es aquí el consumo de drogas y las adicciones. Y, de nuevo, el capitalismo lucra con el narcotráfico. No se trata sólo de la industria farmacéutica; es, literalmente, el propio Estado. Se niegan a instalar centros de rehabilitación aquí, y los pocos que existen son esos ridículos centros fraudulentos donde traen a personas de todo el país y luego simplemente las dejan en situación de calle. Ahora tenemos un problema masivo de personas sin vivienda; la gente está siendo desplazada en masa por culpa de estas estafas de rehabilitación. Las dejan en la calle, sin acceso a nada. Cualquier apoyo material, como el intercambio de jeringas o kits de seguridad, proviene de la ayuda mutua de base; nada de eso cuenta con financiamiento estatal. Y, por supuesto, la adicción está hipercriminalizada. Si uno quiere acceder a un programa de rehabilitación o a algo como la Suboxona, tiene que pasar por los tribunales. Tiene que abrir un proceso judicial para acceder a cosas tan básicas como ésa. Así está la situación en un lugar como Española, y eso repercute en toda esta área más amplia.
Necesitamos que nuestras necesidades básicas estén cubiertas primero y antes que todo, antes de poder pasar a la ofensiva. Es una verdad difícil de aceptar y entender. Me lo he preguntado desde que era niña: ¿qué es lo que realmente hará falta? Y la respuesta es ésa: primero necesitamos tener nuestras necesidades básicas cubiertas. Hablamos de eso en The Red Deal [El Pacto Rojo]. De nuevo, Bolivia nos inspira mucho. Para que ellos pudieran derrotar los golpes de Estado, para contar con el poder y la fuerza que tienen, primero tuvieron que proveer la infraestructura básica para su gente. Y eso fue un proceso largo.
Ése es mi sueño. Es, en verdad, lo que ahora veo como el camino a seguir. En sí mismo, constituye una versión bastante radical de la soberanía: contar con nuestros propios hospitales, nuestros propios centros de tratamiento, nuestros propios programas de prevención del suicidio que no se basen en las tonterías de las ONG. En los últimos años varios familiares míos se quitaron la vida. Es un problema muy grave entre nuestros hombres jóvenes. El suicidio es generalizado, ocurre todo el tiempo. Así que se trata de que la gente se sienta con potencia. Se trata de combatir la desmoralización para que podamos construir esa potencia política entre nosotros, para que podamos creer que es posible, y salir a hacerlo.
La escala del tiempo es algo en lo que siempre estoy pensando también, porque se siente que todo ocurre demasiado rápido. Hay días que se sienten especialmente apocalípticos. Como el otro día, cuando el huracán Helene estaba golpeando, los trabajadores portuarios estaban en huelga e Irán lanzó cohetes hacia Tel Aviv. En ese momento pensé: “Éste es un día especialmente apocalíptico”. Bien, ¿qué hacemos? ¿Qué hacemos ahora mismo? A veces parece que tenemos generaciones para trabajar hacia algo; otros días, parece que Estados Unidos no va a durar ni cinco años. ¿Quién o qué nos va a ayudar a sostener la vida cotidiana? Pienso en eso todo el tiempo y quiero que construyamos la potencia para sostenernos por nosotros mismos.
Repito que los indígenas pueblo de aquí se encuentran en una posición singular en comparación con muchas tribus en Estados Unidos que cuentan con economías más robustas y tienen un poco más de control sobre cómo se comercializan sus recursos. Pienso en lugares como Oklahoma, donde han desarrollado economías avanzadas, al punto de que reparan carreteras cuando el Estado no puede, o proveen ayuda por el covid, incluso a comunidades no indígenas. Son ejemplos de naciones indígenas lo suficientemente consolidadas como para al menos brindar ese tipo de apoyo a nivel local.
La única tribu que quizá podría hacer algo así aquí es la comunidad pueblo de Pojoaque, porque en realidad no cuentan con reconocimiento federal ni estatal, y eso les permite tener más sociedades de responsabilidad limitada [LLC, por sus siglas en inglés], desarrollar más empresas y contar con una economía más fuerte. Por eso tienen Buffalo Thunder Resort, Cities of Gold, todas estas pequeñas empresas. Cuando estábamos lidiando con la pandemia de covid al principio, la comunidad pueblo de Pojoaque asumió la tarea de apoyar a todas las demás comunidades pueblo y también a las comunidades no indígenas. Cerraron el hotel y lo convirtieron en un centro de cuarentena. Enviaban pruebas, vacunas e insumos a los alrededores. Repartían comida. Literalmente sostuvieron esta zona en un momento desesperado. Eso me dio un pequeño vistazo de cómo podríamos manejar las cosas y, en realidad, me dio mucha esperanza. Pensé: “¡Oigan, esto podríamos ser nosotros todo el tiempo! No necesitamos mendigar ni disputar el dinero federal y las migajas que nos arrojan”.
También espero que esto lleve a algunas comunidades pueblo a considerar las limitaciones del reconocimiento federal. Si volvemos al pueblo kānaka ʻōiwi en Hawái, han luchado contra el reconocimiento federal desde siempre. No quieren ser reconocidos por Estados Unidos; no quieren ser un apéndice de ese país. Eso es lo que son nuestros gobiernos tribales, tristemente: apéndices del gobierno estadounidense. Pero las tribus pequeñas como la nuestra —mi tribu tiene apenas ochocientas personas— dependemos del dinero federal para sostenernos. En cambio, las tribus más grandes, como algunas de Oklahoma, no dependen de eso: tienen sus propias empresas. Los kānaka ʻōiwi enfrentan dificultades para protegerse y reivindicar sus tierras debido a su situación política particular, ya que no se les clasifica políticamente como “indígenas americanos”. Pero cuentan con estructuras de parentesco propias y organización social que los fortalecen hasta cierto punto. Por eso siempre los observo para entender cómo abordan cuestiones como la soberanía, al mismo tiempo que rechazan el reconocimiento federal.
Mi sueño, mi sueño verdaderamente descabellado, es que rechacemos colectivamente el reconocimiento federal y hagamos de la autoafirmación un principio, con el respaldo de naciones como Bolivia. Lugares que están desarrollando proyectos que, aunque imperfectos, son ejemplos de experimentos que están favoreciendo la descolonización. Y eso es, en realidad, todo lo que podemos hacer, lo único que tenemos: oportunidades para experimentar con nuestra soberanía, con nuestros medios de vida y con la construcción de proyectos. Ése es mi sueño a largo plazo. Por eso aprecio tanto el alcance del proyecto de ustedes, porque también busca propiciar esa solidaridad internacional que podría llegar a reemplazar o al menos disputar a las grandes potencias mundiales en declive. Realmente creo que eso es posible. Algunos de mis compañeros de The Red Nation creen que es inevitable.
Ése es el punto en el que me encuentro. Creo que vamos a tener que forjar alianzas con países que estén en mejores condiciones de apoyar nuestro bienestar. Porque, aunque no sean perfectos, pueden constituir alguna forma de alternativa frente a la relación que tenemos con Estados Unidos, que está facilitando activamente nuestro genocidio.
Muchos de mis amigos anticapitalistas y anarquistas en Estados Unidos no son conscientes de cuánto ha expandido este país sus bases militares por todo el planeta. Hay setecientas cincuenta bases estadounidenses oficiales en el mundo, y probablemente más. En todos esos lugares, la gente tendrá que levantarse y luchar junta en algún momento. Y, como en el caso de tu solidaridad con los pueblos indígenas de Hawái, ése es realmente el poder más crucial.
Me imagino a Okinawa en una situación similar. Okinawa en realidad no es Japón, sino que fue territorializada por ellos. Japón invadió Okinawa y luego pasó a ser parte de ellos. Después de la Segunda Guerra Mundial fue ocupada por Estados Unidos y se convirtió en una base militar estadounidense; una cuarta parte de todo el territorio se volvió una base de Estados Unidos. Luego, después de 1972, fue “revertida” a Japón, pero se supone que tampoco es Japón. Creo que el despertar de su propia autonomía okinawense podría tomar como modelo un tipo de práctica como el de ustedes.
Aprecio profundamente el ejemplo de los okinawenses y también el de los ainu. Valoro sus luchas y sus movimientos por la soberanía, porque son muy similares a los nuestros y enfrentan una represión parecida. Me saldré un poco del tema, pero culturalmente son más parecidos a nosotros de lo que esperaba, incluso en la vestimenta. Tengo tíos que fueron a Japón durante la Segunda Guerra Mundial, estuvieron destacados en algunas islas y decían que casi podían entender el idioma. Además, las máscaras faciales del pueblo ainu son similares a las nuestras. Para nosotros son figuras muy sagradas con un papel ritual en nuestra sociedad. Siempre me ha parecido fascinante cuánto se parecen las máscaras y la pintura a las esculturas ainu, e incluso sus tejidos. Son muy similares.
Eso es fascinante.
Definitivamente hay similitudes culturales, lo cual me parece muy potente. No hablo tanto de eso ante un público general porque, ya saben, somos muy reservados como comunidad pueblo. Se nos conoce como uno de los pueblos más herméticos. Conservamos mucho de nuestra cultura intacta en parte porque Estados Unidos no intentó asimilarnos tanto como lo hizo con otras tribus. En su mentalidad, pensaban: “Ya están catolizados, ya están preconquistados”. Así nos llamaban: pre-conquered, “preconquistados”, a causa de los españoles. De hecho, creen que ni siquiera somos indígenas, que somos simplemente mexicanos, y que no necesitan hacer nada con nosotros. Fue hasta la década de 1920 cuando aparecieron unas personas a las que llamaban “reformadoras morales”; creo que eran protestantes. Eran mujeres que acudían en representación del gobierno para realizar encuestas sobre la moralidad en los territorios recién adquiridos por Estados Unidos. Cuando llegaron estas reformadas, vieron que aún practicábamos ceremonias y dijeron: “No, estos tipos siguen siendo indígenas”. Sólo entonces se nos asignó ese estatus. Eso ocurrió hace relativamente poco, en el siglo XX.
Por eso hemos conservado mucho a nivel cultural, pero es también fuente de una fuerte fetichización, de una constante romantización y glorificación de la cultura pueblo de un modo que beneficia a la industria turística y al mercado del arte. Es como si dijeran: “Ustedes son artistas dóciles, no son los indígenas salvajes; son artistas dóciles, además católicos”. Es algo profundamente paternalista y afecta de manera directa la forma en que construimos nuestra propia identidad. Uno ve a personas de los indígenas pueblo intentando ajustarse a esas nociones de lo que, para los estadounidenses y los antropólogos, significa “ser pueblo”. Yo lo llamo “quedar atrapados en el formol del colono”. Nos tratan como artefactos y, en consecuencia, empezamos a vernos a nosotros mismos de ese modo: “Si no soy esa persona perfectamente pura y tradicional, entonces estoy fallando”. Es debido a ese afán de los antropólogos por romantizarnos y romantizar nuestra cultura que se han generado estas actitudes despectivas hacia nosotros mismos, donde siempre vivimos con el miedo a esa sensación de pérdida.
Es un discurso común en muchos pueblos indígenas: “Dios mío, nos vamos a extinguir”. Pero ése no es nuestro discurso ni nuestro horizonte temporal. Ése es el discurso del Imperio. El Imperio cree que inevitablemente vamos a ser eliminados porque ése es su objetivo. Y cuando la gente interioriza eso, hay que decirles: “¡No, no es así! No vamos a desaparecer, no vamos a extinguirnos”. Ese marco de pensamiento es simplemente incorrecto para cómo nos entendemos a nosotros mismos y lo que significa ser de los nuestros. No se trata de cuantía de sangre, sino de las formas en que reconocemos a nuestros miembros como parte de la comunidad, y eso es distinto en cada caso. Tiene que ver con la participación en la vida comunitaria, no con a quién estás emparentado ni con qué porcentaje de sangre tienes. Eso también genera muchos problemas sociales.
Tratar a las personas como objetos estéticos y no como seres que poseen tanto estética como ética, ¿no es así? El ritual es importante para la construcción comunitaria y política, en un sentido ético y estético a la vez. Pero los colonizadores sólo lo ven como una forma de arte o algo similar. Con el tiempo, esa visión termina por interiorizarse. En Japón pasa lo mismo: “Los japoneses son buenos para hacer jardines” o “son buenos para pintar el monte Fuji”, como si no tuvieran una dimensión política.
Sí, y es curioso. No sé si lo sepan, pero a los chicos indígenas les encanta el animé. Es interesante porque les gusta precisamente por esas similitudes culturales: lo que se representa como demonios o vida espiritual nos resulta cercano, aunque no podamos hablar de ello abiertamente. Así que cuando ven animé, algo resuena en ellos.
Tú sabes más que yo sobre esto, pero he oído que a mucha gente le gusta La princesa Mononoke.
¡Claro! Me gusta mucho Hayao Miyazaki. Aprecio bastante su obra. No me gusta todo el animé, pero sí lo que él hace. A muchas personas indígenas también les gusta, porque lo que retrata se acerca mucho a nuestros valores espirituales centrales, como la protección de la Tierra o el respeto a espíritus que quizás no comprendemos del todo. Hay mucha conexión cultural ahí. Pero siempre les recuerdo: “Está bien, pero la historia de Japón no es precisamente ejemplar. Hay que ser cuidadosos con lo que se consume y con lo que se asume”.
Porque nosotros lidiamos constantemente con la romantización de nuestra cultura y de su dimensión estética. La gente se olvida de que somos personas reales, con vidas y conflictos reales. Mi comunidad pueblo está abierta al turismo. Es un lugar muy pequeño y la casa de mi familia está justo en la plaza. Tenemos turistas que deambulan por ahí mientras los niños están jugando afuera o intentamos hacer trabajo en el patio; llegan al extremo de que a menudo entran a nuestras casas porque creen que son un museo o una especie de recreación histórica. ¡Eso es lo que creen!
Qué vergonzoso.
Sí, y tristemente es muy común. La gente entra sin más y pregunta: “¡Ah! ¿Qué es esto? ¿Ustedes son actores?”. ¡Es una comunidad viva y real! Pero así es como nos ven: congelados en el pasado. No nos permiten entrar en la modernidad. No nos permiten tener un futuro.
Por eso también me interesa mucho recordarle a mi pueblo que sí tenemos un futuro. El futuro que construimos para nosotros está en nuestras manos y es nuestro deber seguir abriendo un camino propio que no dependa de la mirada del colono, ni del reconocimiento federal, ni de la existencia del Estado. Eso puede ser un panorama inquietante para quienes dependen de la tierra para su sustento, pero siempre recalco una y otra vez que estábamos aquí antes de Estados Unidos y seguiremos aquí después de Estados Unidos.
Es realmente inspirador escucharte hablar de todo esto. Muchas gracias por compartir tu conocimiento. Es interesante porque hace un momento hablábamos de un problema que hemos encontrado: el activismo antinuclear se siente muy separado de la lucha revolucionaria. Hay ONG con un enfoque reformista, o personas mayores del movimiento antinuclear que no tienen un horizonte revolucionario ni una idea de la fuerza real que se requerirá. Al mismo tiempo, las personas cercanas a nosotros que son revolucionarias intentan tomar en serio la posibilidad del declive del Imperio estadounidense y de que ocurra algo distinto en su lugar, pero no hablan de la cuestión nuclear. Entiendo la reacción visceral hacia las generaciones anteriores. En lo personal, me politicé durante la primera guerra de Irak y desde entonces desarrollé una fuerte aversión hacia los activistas pacifistas liberales blancos y su forma de hacer política. Pero creo que la otra razón es que no es un problema fácil de resolver y parece imposible de enfrentar, así que simplemente dejamos de pensarlo. Decimos que queremos la revolución, la transformación total de la sociedad, el fin del capitalismo, el fin de Estados Unidos, el fin de la policía, pero nadie está dispuesto a hablar sobre cómo afrontar la cuestión nuclear. Por eso resulta inspirador escucharte afirmar con tanta claridad que el núcleo del imperialismo estadounidense es el lugar donde se dará la lucha.
Además, vivimos en la península Olímpica, y la base de Bangor —donde se encuentran todos los submarinos nucleares Trident— está a menos de treinta kilómetros de nosotros. Ése es el punto de origen de la proyección de fuerza del Imperio estadounidense hacia el Pacífico, justo desde donde vivimos.
Y está sobre una falla geológica.
Sí, y en cualquier momento podría producirse un terremoto gigante de categoría 9 y un tsunami devastador.
Bueno, ¿sabes qué es lo interesante? La falla de San Andrés se articula con zonas sísmicas desde Japón, atraviesa el Pacífico y, literalmente, divide el estado de Nuevo México. El cinturón baja por la costa del Pacífico, corta por California, atraviesa el sur de Arizona y pasa justo por la mitad de Nuevo México. Además, aquí tenemos muchísimos volcanes inactivos. En estas montañas que ven hay tantos que incluso intentaron hacer fracking geotérmico, pero logramos detenerlos. Por ahora.
Me resuena lo que dijo Jean: la cuestión nuclear es sumamente difícil. Precisamente porque, por lo que sé de Japón, existe un punto ciego para muchas personas radicales, a pesar de Fukushima, de Hiroshima y de Nagasaki. De algún modo, la historia del movimiento antinuclear en Japón es una historia de fracasos. Para empezar, el movimiento involucraba a personas que estaban totalmente en contra de lo nuclear, tanto de la energía como de las armas. Pero luego, durante el periodo de reconstrucción económica de la posguerra, incluso algunos comunistas empezaron a decir que debíamos aceptar la energía nuclear; que sólo las armas eran malas. Después, incluso entre quienes se oponían a las armas nucleares, algunos decían: “Ah, sólo Estados Unidos es quien no debería tenerlas, pero para los soviéticos o para China está bien, siempre que sea para contrarrestar el arsenal estadounidense”. Puedo entender esa postura en aquel contexto, pero hoy, en retrospectiva, se percibe que el colonialismo nuclear es, en cierto sentido, un fenómeno universal.
Sí, totalmente. Y es un tema difícil con el que también estamos lidiando aquí. El LANL intenta decirle al público: “Miren, estamos aumentando la actividad para generar energía nuclear, que es una alternativa al fracking”. Dicen esto porque hay mucho activismo en contra del fracking aquí, liderado sobre todo por indígenas. Y nos salen con: “Ah, ¿ya no quieren fracking? Entonces hagamos energía nuclear”. Y nosotros sólo pensamos: “¡Por el amor de Dios!”. Yo misma tengo una postura compleja respecto al futuro de la energía y al papel que la energía nuclear puede o no desempeñar. No creo en glorificarla en absoluto. Y, al ser socialista, no me gusta la forma en que muchos otros socialistas en el mundo tienden a idealizar la energía nuclear. No creo que sea necesario, porque la discusión cambia cuando se incorpora la perspectiva indígena.
Claro, porque la historia del anticolonialismo y la lucha antinuclear son, en realidad, una y la misma, como bien dices.
Y lo que construyamos será un proyecto político distinto, muy en la línea de Bolivia. Será un proyecto con nuestros propios valores en el centro. Creo que eso es también lo que intimida tanto a los Estados colonos respecto a los movimientos indígenas: no nos interesa encajar en esas lógicas. No me malinterpreten, también tenemos nuestras propias tensiones internas en torno a la política de la identidad, pero no es lo mismo que la manera en que se divide la izquierda. No partimos de esos supuestos. No seguimos esas mismas tradiciones revolucionarias. Nos basamos en nuestras propias historias de resistencia al colonialismo. Tomamos enseñanzas e ideologías de movimientos de todo el mundo como herramientas que pueden ayudarnos, pero el proyecto político con el que trabajamos es propio. Y también lo son las formas de nación que nos interesa desarrollar, basadas en el plurinacionalismo. Si logramos construir algo así, no será algo que pueda sofocarse, dividirse o diseccionarse con facilidad.
Durante Standing Rock fuimos objeto de infiltraciones. Y algo que los propios federales reconocieron es que los movimientos indígenas son muy difíciles de infiltrar, precisamente por nuestras estructuras de parentesco. Nuestros lazos de confianza y de relación no son iguales a los de otros movimientos donde la gente no tiene ese tipo de vínculo tan familiar y tan serio entre sí. Eso también fue muy significativo para mí. Estoy estudiando el programa COINTELPRO y lo que ocurrió en ese caso es bastante claro. En el Área de la Bahía de San Francisco, la organización indígena quedó prácticamente desarticulada a causa de ello. Por eso también insisto en rechazar las políticas identitarias divisivas y observar más bien cómo se abordan estas cuestiones en el sur global. Me interesa cuestionar esas formas tan peculiares y restrictivas en que la izquierda estadounidense intenta cuantificar el grado de opresión de cada quien como criterio para determinar quién “merece” la liberación. Eso me parece profundamente problemático, y es algo muy característico de Estados Unidos.
Y eso proviene del ámbito académico estadounidense, en particular de investigadores financiados por la CIA, el Departamento de Estado y la Fundación Ford. El origen mismo de lo que hoy se denomina “wokeismo” o “ideología woke” fue, en realidad, contrainsurgente desde el inicio. Y se trata de autores a los que muchos citan como radicales; de ahí es de donde mucha gente saca su postura política.
Sí, totalmente. Podría hablar de eso durante horas.
Tengo curiosidad: evidentemente todo esto forma parte de tu historia, y tu trabajo es inseparable de ella, pero, de manera un poco esquemática, ¿cómo llegaste a hacer lo que haces?
Cuando era chica, siempre estaba llena de preguntas. Mi mamá me respondía con mucha honestidad sobre todo lo que le preguntaba. Le preguntaba por la revuelta de los indígenas pueblo, por la trata de esclavos, por el Holocausto. Me lo explicaba con un lenguaje claro, de una forma que una niña pudiera entender. Así que desde muy temprana edad me interesó la justicia social. Me fascinaban los males del mundo. Para cuando estaba en la preparatoria, me interesaba estudiar los genocidios. Tuve un profesor que impartía una clase increíble llamada “Problemas del mundo contemporáneo”, aunque en realidad lo que estudiábamos era el imperialismo y los genocidios. Lo primero que vimos fue el genocidio armenio. Yo ya sabía algo porque mi banda favorita era System of a Down; buscaba en Google el significado de todas sus letras y decía: “Dios mío, el genocidio armenio ocurrió de verdad”. Esa clase me estaba hablando de eso. Mi profesor me animó bastante a seguir ese tipo de estudio. Es algo un poco lúgubre para una adolescente, pero a eso me dedicaba: a estudiar genocidios. Un día estaba investigando África, otro el ascenso del fascismo en India, otro América del Sur… todos esos lugares.
Luego empecé a involucrarme en el activismo local. Sobre todo en el activismo LGBTQ, porque cuando era joven éste era un lugar difícil para la gente joven queer. Me impresiona cuánto han cambiado las cosas desde entonces. Así que me involucré en eso. Trabajé con el Santa Fe Mountain Center, que es uno de los pocos espacios con programas para jóvenes y dedicado a la organización juvenil. Sigue siendo una ONG, con sus limitaciones, pero hasta hoy es uno de los pocos lugares que facilitan ese tipo de trabajo en la región.
Después fui a la universidad y encontré The Red Nation. De hecho, es bastante sorprendente cómo di con ese colectivo. Vi un volante para la proyección de un documental llamado Nuclear Savage. ¿Han oído hablar de él? Estoy segura de que se puede ver gratis en internet. Se suponía que sería un documental de la CBS, pero lo censuraron e impidieron su transmisión. Vi el volante y el título me llamó la atención de inmediato. Me pregunté: “¿De quiénes están hablando?”. El documental trata sobre las pruebas nucleares en las Islas Marshall, en particular el proyecto Castle Bravo y la lluvia radiactiva que afectó a la población marshalense. Expone cómo se encubrió todo y cómo fue un experimento flagrante con seres humanos por parte del gobierno de Estados Unidos. También aborda la situación de la soberanía de las islas y los impactos en la salud. Me dejó completamente impactada. Fue entonces cuando comprendí: “Wow, esto es mucho más grande que nosotros”. Y ahí surgió mi interés por el Pacífico y por la infraestructura de pruebas nucleares en esa región.
Esa proyección me llevó a The Red Nation. Leí su viejo manifiesto y pensé: “¡No puedo creer que esta comunidad esté haciendo este tipo de cosas!”. ¡Fue genial! A partir de ahí fue un momento político muy activo, entre 2015 y 2017: fue cuando vimos el surgimiento de Black Lives Matter, ocurrió lo de Standing Rock, y entonces The Red Nation estaba montada en ese impulso, creciendo y expandiendo nuestras campañas.
También nos organizamos en torno a la justicia en los bordertowns, es decir, los pueblos que colindan con reservas, donde hay mucha violencia contra los indígenas, específicamente violencia policial y de grupos de vigilantes. En los primeros dos años de existencia de The Red Nation respondimos al menos a tres casos de lo que llaman Indian rolling, que no es otra cosa que el asesinato de indígenas a manos de vigilantes. Lamentablemente es tan común que tiene su propio término. Trabajamos sobre todo en eso, y eso alimentó el movimiento más amplio contra la violencia policial en Albuquerque y en Nuevo México. Fue increíble, y ese trabajo continúa, por supuesto. Pero sí, básicamente eso se convirtió en mi vida: la acción de organizarse. Y también me inspiró, porque sigo siendo, en cierto sentido, académica, aunque soy la primera en señalar las limitaciones de la academia y de cuánto detesto a otros académicos.
Pero en tu caso es un buen ejemplo de cómo se pueden hacer ambas cosas.
Realmente estoy intentando hacerlo. Mi mentor, Nick Estes, a quien le conté que volví a la universidad —porque me había tomado un pequeño descanso—, me envió un mensaje el otro día en el que me decía: “Eso es muy importante, necesitamos a nuestra gente en la academia”. Y luego aclaró: “No me refiero a personas indígenas, sino a antiimperialistas”. Y pensé que tenía razón. Hay razones por las que tanto impulso político proviene de los campus universitarios.
Otro mentor me dijo algo así como: “Haz que todos esos hombres blancos te citen si quieren escribir sobre lo que tú trabajas”. Es una forma de disputar el control de los discursos sobre sí y sobre cada pueblo desde dentro de la academia. Eso es lo que me interesa hacer. Me interesa hablar de todo esto no sólo desde la perspectiva de la gente común —que personalmente creo que es la más importante—, sino que, cuando se trata de desafiar la hegemonía de Estados Unidos, me interesa tener una forma de acceder, no a lo que ellos hacen, sino a ser tomada en serio en un nivel que trascienda lo local. Y curiosamente, ser académica a veces me resta puntos por aquí, para ser honesta.
Así que siempre trato de mantener un pie en cada lado. Sigo participando en el trabajo organizativo, que es fundamental y siempre será mi prioridad, pero también busco la forma de escribir sobre estas cuestiones y producir conocimiento que transforme la manera en que se habla de nosotros. Creo en ese poder porque lo he visto suceder en mi tiempo con The Red Nation. Antes de que escribiéramos The Red Deal no oía a la gente hablar sobre el “Estado colono”, ni hablar con tanta soltura sobre la descolonización. Siento que parte de la terminología que usamos se popularizó. Primero apareció en el ámbito académico y luego se extendió a los espacios de organización. Creo que eso es vital porque yo misma observé de cerca —cuando trabajaba en el Santa Fe Mountain Center— cómo la jerga de las ONG se iba popularizando.
Nuestro proyecto, 1000 Voices [1000 voces], se interesa precisamente por ese aspecto: cómo el lenguaje encarna y potencia discursos más amplios. Es algo que queremos entender y por eso valoramos tanto este tipo de conversaciones. El momento en que el lenguaje cobra una potencia real es algo que nos interesa muchísimo.
Ha sido una de las cosas más impactantes, creo, por ejemplo, para cambiar la forma en que la gente habla sobre algo como el cambio climático. Especialmente entre pueblos indígenas; nuestra forma de hablar de justicia climática nunca trata sólo sobre el clima y la Tierra: es un movimiento de soberanía indígena.
Otro aspecto poderoso de The Red Deal es que fue escrito por cincuenta personas diferentes; lo redactamos en una serie de foros comunitarios. Luego tuvo doce editores. Ese texto es el resultado literal de sentarse a hablar con la gente. Cuando se lanzó, hicimos presentaciones del libro en diferentes bordertowns, lo cual también fue una forma muy potente de construir una potencia política en lugares donde eso no suele suceder nunca, como Farmington, Gallup o Española.
En realidad, el trabajo académico puede influir de formas que la gente no siempre percibe. Quizás ni siquiera se dan cuenta de que ese trabajo es el que genera estos impactos en escenario organizativo más amplio, o en el lenguaje antiimperialista general. Nuestra meta era traer a Estados Unidos las formas en que se habla del antiimperialismo en el sur global. Y fue más exitoso de lo que cualquiera de nosotros esperaba. En eso he estado trabajando; continúo con mi labor académica. Soy muy cautelosa respecto a pensar que las acciones individuales sean decisivas por sí mismas, pero hubo ciertas cosas que en su momento no nos parecieron gran cosa y terminaron teniendo los mayores impactos en cómo nuestro trabajo político cobró vida propia.
Siempre me recuerdo a mí misma que lo más difícil es hablar con tu propia gente, especialmente sobre algo como el colonialismo nuclear. Pero el otro día estuve en un grupo de estudio con la Pueblo Action Alliance [Alianza de Acción de los Indígenas Pueblo], otra organización que surgió poco después de The Red Nation. Es un caso muy particular porque, históricamente, los indígenas pueblo se han distanciado del activismo indígena y del movimiento Red Power [Poder Rojo]. Había cierto orgullo en ese título de “dóciles” que les habían puesto. No quiero generalizar, pero las generaciones mayores, las que pasaron por las boarding schools o escuelas internado, estaban muy orientadas hacia la asimilación y hacia una vida considerada “digna” en esos términos. Realmente se creyeron ese cuento. Pero eso está cambiando para personas de todas las edades. En ese grupo de estudio, los más jóvenes hablaban de cómo nuestro trabajo informó y moldeó su comprensión de estos temas. Fue en ese momento cuando realmente tomé conciencia del lugar que mi trabajo y el de The Red Nation han tenido en la transformación de las condiciones de los indígenas pueblo. Si hay mujeres jóvenes desafiando a sus padres y a sus líderes para hablar de estos temas, ¡ésa es una victoria que no pensé que vería manifestarse en años! Así que estoy empezando a celebrar las pequeñas victorias en el camino, porque realmente funcionan para fortalecer este tipo de potencia y valentía en la gente. Por supuesto, siempre me inspiran los zapatistas, que piensan en el caracol y en cómo la revolución puede llegar y construirse lentamente.
También reflexionábamos sobre cómo nos hemos sublevado en el pasado. La revuelta de los indígenas pueblo, por ejemplo, no fue algo espontáneo. Siempre corrijo a la gente cuando la llaman “rebelión”. ¡No fue una rebelión, fue una revolución! No fue espontánea: se planeó cuidadosamente durante décadas, en secreto, en la oscuridad. Era como un gigante dormido. Pensar en nuestro movimiento como un gigante dormido es algo que me mantiene motivada. También me fijo mucho en los jóvenes, y en lo fuertes y valientes que son. Los que están en la adolescencia o en sus veinte ahora nunca conocieron un mundo sin guerra. Si hablan con adolescentes hoy, apenas pueden imaginar un futuro, porque nunca vivieron en un mundo donde no fueran hiperconscientes del cambio climático o de la amenaza de guerra. Eso es todo lo que conocen. No tienen esa alternativa optimista que quizá tenían generaciones anteriores en Estados Unidos, esa idea de: “Ah, las cosas van a mejorar, todo está bien, volveremos a la normalidad”. Esos chicos nunca conocieron la normalidad. Nunca conocieron una vida de paz ni una vida segura. Por eso no pueden aferrarse a esa idea.
Durante algunos años di una clase llamada “La guerra contra el terrorismo de Estados Unidos”, para lo cual me basé en el libro Never-Ending War on Terror [La interminable guerra contra el terrorismo] de Alex Lubin. Cuando vimos que sacaban el mismo viejo manual de estrategias mientras las cosas se ponían feas en Palestina hace un año, al ver cómo desplegaban la misma propaganda posterior al 11 de septiembre… ¡simplemente no les funcionó con los jóvenes! Fracasó por completo. Yo pensé: “Otra vez están haciendo lo mismo, ¿qué vendrá ahora?”. ¡Y de pronto falló! Eso, en sí mismo, es una gran victoria. Ya no funciona con ellos.
Este libro, Never-Ending War on Terror, es muy valioso porque sitúa el origen de la “guerra contra el terrorismo” en las guerras indígenas. Los pueblos indígenas fueron los primeros insurgentes, los primeros “terroristas”. Ése es otro punto que siempre intento subrayar: no se puede aceptar ese discurso de que el LANL representa nuestra seguridad. Porque nosotros somos los “primeros terroristas” y nos volverán a meter en esa categoría en cuanto nos levantemos para defender cualquier cosa. Lo que ocurrió en Standing Rock es el mejor ejemplo.
“Terrorista” es una palabra que se usa sólo para impactar o causar conmoción, hasta el punto de que carece de peso en el ámbito del derecho internacional. Hace poco participé en un pódcast donde alguien señalaba justamente eso: el término no tiene valor jurídico, especialmente en el derecho internacional, porque está diseñado literalmente para causar conmoción. Y es empleado sobre todo por Estados Unidos.
Así que sí, son tiempos de miedo. Definitivamente lo son. Pero también es un momento en el que, entre las grietas, surgen oportunidades para abrir caminos distintos. A medida que aparecen fisuras en Estados Unidos, conforme ese monstruo comienza a morir, se abren pequeños espacios en los que tendremos oportunidades de ejercer poder de formas que antes no existían. Lo que quiero es que la gente esté preparada para eso, que se lo tome realmente en serio y que tenga un sentido de sí misma y un orgullo que permita a los pueblos indígenas y a los pueblos colonizados avanzar y aprovechar esos espacios que se están abriendo.
Muchas gracias por esta conversación tan potente. Aprendí mucho.
Gracias a ustedes. Yo también estoy aprendiendo mucho de ustedes. Gracias por darme este espacio y por venir hasta aquí.